Jocelyne Saab. Filmar lo irreparable: una filmografía contra la forma

Hay algo en la filmografía de Jocelyne Saab que no encaja, que se resiste a ser organizado bajo una categoría estable, como si cada una de sus películas hubiera sido hecha desde un lugar donde la forma aún no existe o ya ha colapsado. No se trata de una autora que evoluciona de un lenguaje a otro, ni de una cineasta que perfecciona una mirada. Lo que aparece, más bien, es una insistencia: la de seguir filmando incluso cuando filmar deja de tener garantías.

Saab comienza en medio de la guerra, pero lo decisivo no es el contexto sino la posición. No observa el conflicto, no lo traduce, no lo ordena para que pueda ser entendido desde fuera. En Beyrouth, jamais plus la ciudad no se presenta como un objeto de análisis, sino como algo que se descompone ante la cámara sin posibilidad de recomposición. No hay relato que la contenga. Solo fragmentos que aparecen y desaparecen, como si la imagen misma dudara de su capacidad para sostener lo que tiene delante.

En Letter from Beirut esa duda se vuelve explícita. La película adopta la forma de una carta, y ese gesto desplaza todo. Ya no hay una supuesta objetividad, ni siquiera una distancia mínima que permita pensar la imagen como documento. Hay una voz que se dirige a alguien, una voz que intenta decir, pero que sabe que no puede decirlo todo. Lo que se filma no es solo la guerra, sino la imposibilidad de narrarla sin traicionarla.

Esa imposibilidad no desaparece con el tiempo. Se transforma. En Once Upon a Time, Beirut la ciudad ya no se filma directamente, sino a través de imágenes de archivo, de películas antiguas, de restos de cine que sobreviven como fantasmas. Pero ese archivo no estabiliza nada. Al contrario, introduce otra forma de inestabilidad. Beirut ya no es solo una ciudad destruida, es también una imagen que nunca fue del todo verdadera, una ficción que se mezcla con la memoria hasta volverse indistinguible.El cine, en manos de Saab, deja de ser una herramienta de conservación. Se convierte en un espacio donde lo real y lo imaginado se contaminan sin posibilidad de separación. No hay una imagen original a la que volver.Todo está ya atravesado por capas, por desplazamientos, por pérdidas.Entre estas derivas aparece también el exilio, como en The Ship of Exile, no como una categoría política abstracta, sino como una experiencia suspendida, sin lugar de llegada. Y más adelante, en Dunia, el conflicto se desplaza hacia el cuerpo. Ya no es solo la guerra la que atraviesa la imagen, sino las formas más silenciosas de violencia: las normas, los límites, las imposiciones que se inscriben en el deseo.

Si se recorre su filmografía, lo que queda no es una historia, ni una evolución, ni una síntesis. Lo que queda es una forma de estar en la imagen que rechaza sistemáticamente la idea de cierre. Saab no organiza, no resuelve, no ofrece al espectador un lugar cómodo desde el que mirar. Sus películas no se consumen, se sostienen, y a veces ni siquiera eso.En un momento en el que el sistema cultural ha aprendido a convertir el conflicto en lenguaje, a estetizar la fragmentación, a producir imágenes que simulan urgencia pero que circulan perfectamente dentro de los circuitos establecidos, la obra de Jocelyne Saab permanece en otro lugar. No porque sea anterior, sino porque no responde a esa lógica. Sus imágenes no funcionan como códigos reconocibles. Funcionan como interrupciones.

No en lo que muestra, sino en lo que impide. Impide cerrar el sentido, impide consumir la experiencia, impide reducir la complejidad a una forma estable.Filmar, en Saab, no es representar el mundo.Es aceptar que hay algo en él que no puede ser representado, y aun así, no dejar de intentarlo.

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