

Hay algo incómodo cuando abres Souffles por primera vez.
No es solo el diseño. No es solo el contexto histórico. Es otra cosa.
Una sensación más difícil de nombrar: la de estar delante de un grupo de gente que entendió demasiado pronto que la independencia no había servido para liberarse.
Que algo seguía intacto.
Y que ese algo no era visible a simple vista.
Empiezas por el número 4. 1966.



Todo parece todavía contenido, casi contenido en exceso. Textos densos, títulos que no buscan seducir, un tono que no quiere gustar. Y, sin embargo, ya está todo ahí. No hablan de cultura como quien habla de patrimonio. Hablan de cultura como quien entra en una casa y empieza a señalar lo que no encaja.
La cultura nacional no aparece como orgullo.
Aparece como problema.
Porque ¿qué es exactamente lo que se ha heredado después de la independencia?
¿Una cultura viva o una estructura vaciada que solo cambia de manos?
No hay celebración. Hay sospecha.
Luego te detienes en la lengua.
Y ahí es donde la revista se vuelve realmente incómoda.
Porque no hay escapatoria limpia. No hay solución fácil.
El francés está ahí. No como elección estética, sino como herida histórica. Pero el árabe tampoco aparece como refugio puro. Nada es puro ya.

Entonces entiendes que no están intentando resolver el problema.
Están intentando quedarse dentro de él.
Escribir sabiendo que la lengua no te pertenece del todo.
Pensar sabiendo que estás usando herramientas que vienen de otro lugar.
Y aun así, insistir.
No para reconciliarse.
Para forzar algo nuevo.
Y de repente, sin darte cuenta, miras la portada otra vez.
Ese círculo.
Siempre el mismo. Siempre distinto.
No explica nada. No representa nada. Pero está ahí, ocupando el espacio como si fuera lo único verdaderamente necesario. Como si todo lo demás tuviera que organizarse alrededor de esa presencia.
Empiezas a sospechar que ese círculo no es una forma.
Es una insistencia.
Pasas al número 6. 1967.






Y algo se rompe.
No en el diseño. No todavía. Se rompe en el tono.
La guerra aparece. Pero no como noticia. Como golpe.
Ya no están pensando solo en Marruecos. Ya no están pensando solo en la cultura. Todo se desplaza. Vietnam, Palestina, África, el mundo entero empieza a entrar en la revista como si el marco anterior ya no sirviera.
Y ahí entiendes algo clave:
No se puede seguir hablando de cultura como si estuviera separada de la historia.
No se puede seguir escribiendo como si nada estuviera pasando.
Un año después, 1968.



La revista ya no se reconoce del todo a sí misma.
Hablan de programa. De investigación. De acción.
Como si escribir ya no fuera suficiente.
Como si pensar sin intervenir empezara a parecer una forma de complicidad. Y aquí es donde todo se vuelve más difícil.
Porque la revista empieza a moverse hacia un lugar peligroso:
el lugar donde la claridad política puede volverse rígida.
Donde el deseo de transformación puede empezar a ordenar demasiado.
Pero todavía hay tensión. Todavía hay fricción.
Todavía no está resuelto.
Y entonces llegas a 1969.
El número sobre Palestina.






Lo primero que notas es que algo ha cambiado incluso antes de leer.
La portada ya no es la misma. El círculo ha desaparecido.
En su lugar, una imagen directa. Un combatiente. Un gesto claro.
Ya no hay mediación.
Y ahí te quedas un momento.
Porque entiendes que no es solo un cambio visual.
Es otra cosa.
Es la revista atravesando su propio límite.
La abstracción ya no basta.
La urgencia empuja.
Pero al mismo tiempo, algo se pierde.
No en términos morales. No es una cuestión de mejor o peor.
Es otra tensión:
Cuando la imagen se vuelve demasiado clara, deja menos espacio para pensar.
Y Souffles, hasta ese momento, había sido precisamente eso:
un espacio donde pensar todavía era posible.
Si vuelves atrás, si miras de nuevo las portadas de Melehi, las páginas, los textos, entiendes que la revista nunca fue estable.
Era un proceso.
Un intento.
Un lugar donde todo estaba en discusión: la lengua, la forma, la política, el papel del intelectual, la idea misma de cultura.
Y también sus límites.
Lo fácil hoy es mirar Souffles como una referencia bonita. Un objeto de archivo.
Un ejemplo de “vanguardia africana”. Una estética recuperable.
Lo difícil es aceptar lo que plantea.
Que no basta con hacer imágenes críticas.
Que no basta con hablar de identidad.
Que no basta con circular en el sistema internacional del arte diciendo cosas incómodas en formatos perfectamente aceptados.
Souffles no quería entrar en ese sistema.
Quería romper la forma en la que ese sistema decide qué es cultura.
Quizá por eso sigue incomodando.
No porque sea radical en un sentido superficial.
Sino porque no ofrece un lugar cómodo desde el que mirar.
Te deja dentro del problema.
Y no te deja salir.


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