Dear God, the Parthenon Is Still Broken

Hay libros que documentan una película y hay libros que prolongan una obsesión. Dear God, the Parthenon Is Still Broken pertenece a la segunda categoría. Las imágenes no funcionan como material promocional ni como un detrás de cámaras convencional. Parecen fragmentos de un sueño que se resiste a despertar.

La mujer que aparece una y otra vez en estas fotografías no habita el mundo; lo atraviesa como quien acaba de llegar a él. Su cuerpo se pliega, se esconde, se retuerce, cae. Está sentada sobre un inodoro abrazándose a sí misma, suspendida en habitaciones imposibles, atrapada entre decorados que parecen recuerdos de una civilización agotada. No es casual que el título invoque al Partenón roto. El gran símbolo de la perfección clásica aparece aquí como una ruina permanente. La promesa de orden sigue fracturada.

Lo fascinante es que Lanthimos no fotografía personajes; fotografía estados de conciencia. Las habitaciones parecen laboratorios psicológicos. Los espejos, las camas, las lámparas y los corredores forman una arquitectura mental más que física. Cada espacio recuerda que la identidad no es algo estable, sino una construcción precaria.

Aquí resuena una vieja intuición filosófica. Para el pensador francés Gaston Bachelard, la casa no es un edificio sino una extensión de la mente. En estas imágenes ocurre lo contrario: la casa se vuelve extraña, hostil, incapaz de proteger. El refugio se transforma en escenario de incertidumbre.

También hay algo profundamente contemporáneo. La neurociencia describe el cerebro como una máquina predictiva que construye la realidad mediante hipótesis constantes. Cuando esas hipótesis fallan aparece el desconcierto. Eso es exactamente lo que producen estas fotografías: un mundo ligeramente desplazado donde todo parece familiar y, al mismo tiempo, incorrecto. El espectador reconoce una habitación, un rostro o un gesto, pero no consigue habitarlos del todo.

Las imágenes poseen además una rara cualidad temporal. Parecen fotografías encontradas en el futuro sobre un pasado que nunca existió. Ahí reside gran parte de su potencia. Lanthimos utiliza la estética victoriana, la ruina clásica y el retrato psicológico para hablar de algo muy actual: la fragilidad de cualquier relato sobre quiénes somos.El Partenón sigue roto. Quizá porque nosotros también lo estamos. Y tal vez la función de estas fotografías no sea reparar la grieta, sino obligarnos a mirarla.

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