La memoria no tiene rostro.

A propósito de DRY, de Abdo Shanan. Sobre la ausencia, la identidad y la violencia de lo visible.

Hay fotografías que parecen empeñadas en no enseñarnos nada. Rostros borrados, puertas que no conducen a ninguna parte, árboles encerrados tras una alambrada, habitaciones donde alguien estuvo y de las que solo queda el desorden. Imágenes que, en una época obsesionada con mostrarlo todo, tienen la insolencia de ocultar.

En DRY, el fotógrafo Abdo Shanan construye un universo visual donde la ausencia adquiere una presencia casi física. No estamos ante la nostalgia confortable de un álbum familiar ni ante la fotografía documental que pretende explicarnos un territorio. Estamos ante algo bastante más incómodo: la imposibilidad de reconstruir una identidad únicamente a través de sus imágenes.

Y esto resulta especialmente significativo en una sociedad que ha confundido la acumulación de fotografías con la conservación de la memoria.

La primera imagen nos presenta un retrato antiguo. Una figura cuidadosamente vestida posa ante la cámara, pero su rostro queda oculto. Todo permanece en su lugar: la ropa, el mobiliario, el marco, la solemnidad del retrato. Falta precisamente aquello que tradicionalmente justificaba la fotografía: reconocer a alguien.

El filósofo Roland Barthes escribió en La cámara lúcida sobre la relación inseparable entre fotografía, tiempo y muerte. Toda fotografía certifica que algo estuvo allí, pero no garantiza que podamos recuperarlo. En ese sentido, el retrato de DRY encierra una paradoja: conserva una presencia mientras nos niega el acceso a su identidad.

Y quizá convenga preguntarse si conocer un rostro significa realmente conocer una vida.

La mano que emerge de la oscuridad, el árbol atrapado tras una malla o la puerta cerrada introducen otra dimensión. Son imágenes aparentemente sencillas, pero cargadas de tensiones entre protección y encierro, permanencia y desaparición. El árbol sigue creciendo, aunque su espacio esté delimitado. La puerta permanece, aunque ignoremos qué guarda detrás. La mano conserva sus líneas, pero desconocemos su historia.

Aquí aparece una cuestión profundamente política: ¿quién decide qué merece ser conservado, qué debe permanecer visible y qué puede desaparecer sin dejar testimonio?

Durante mucho tiempo, la fotografía fue presentada como una herramienta objetiva de conocimiento. Sin embargo, también sirvió para clasificar poblaciones, administrar territorios y construir imaginarios coloniales. El archivo fotográfico nunca fue completamente inocente. Detrás de cada imagen existía una mirada y, con frecuencia, una estructura de poder que decidía cómo representar al otro.

Desde esta perspectiva, el trabajo de Shanan permite pensar en una fotografía que renuncia a la autoridad de explicarlo todo. Una imagen que no entrega al espectador una identidad cerrada ni convierte la memoria en un objeto disponible para su consumo.

El filósofo Jacques Derrida entendió que el archivo no es un simple depósito del pasado: implica autoridad, selección y exclusión. Archivar significa conservar, pero también establecer qué quedará fuera. Y esa exclusión forma parte de nuestra manera de escribir la historia.

En DRY, los vacíos parecen tan importantes como aquello que todavía podemos reconocer. Las imágenes no reconstruyen una historia completa; nos enfrentan a sus interrupciones.

Hay algo profundamente contemporáneo en esta operación. Vivimos rodeados de dispositivos que registran nuestros movimientos, nuestros rostros y nuestras preferencias. Nunca habíamos producido tantas imágenes de nosotros mismos y, sin embargo, pocas veces nos habíamos preguntado tan poco por el significado de esa exposición permanente.

La industria cultural tampoco escapa a esta contradicción. Ha aprendido a convertir la memoria en estética, el trauma en discurso expositivo y la identidad en una categoría fácilmente comercializable. Incluso la ausencia puede convertirse en una fórmula visual reconocible, repetida hasta perder su capacidad de interrogarnos.

Por eso, lo interesante de estas fotografías no reside simplemente en su oscuridad, su grano o su apariencia enigmática. Su fuerza está en la relación que establecen entre lo que vemos y aquello que no podemos poseer mediante la mirada.

La fotografía no tiene por qué resolver el misterio. Tampoco la cultura debería existir únicamente para proporcionarnos respuestas inmediatas.

Quizá una de las responsabilidades del arte consista precisamente en devolvernos la dificultad de mirar, en recordarnos que detrás de cada imagen hay vidas, territorios y memorias que no pueden reducirse a una superficie atractiva.

Porque una sociedad que lo fotografía todo, pero apenas se detiene a comprender lo que mira, no está construyendo necesariamente memoria. Puede estar perfeccionando sus mecanismos de olvido.

Y en esa contradicción, DRY encuentra buena parte de su potencia.

REFERENCIA DE LA OBRA

DRY — Abdo Shanan

Fotolibro de fotografía contemporánea. Las imágenes compartidas muestran una secuencia de retratos intervenidos, espacios domésticos, elementos naturales y huellas de ausencia.

Texto curatorial para El Rincón de Aldaba · AldabaLab.

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